Lección 7 para el SÁBADO 17 de AGOSTO (Jesús Y Los Necesitados)
Lección 7. para el 17 de agosto
SÁBADO, AGOSTO 10
SÁBADO, AGOSTO 10
Jesús Y Los Necesitados
Lee para el estudio de esta semana
Para memorizar
“El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18, 19).
Entre otras razones para encarnarse, Jesús vino a mostrarnos cómo es Dios; y lo hizo mediante sus enseñanzas, su sacrificio y su vida: con su forma de interactuar con la gente común.
Los profetas; María, la madre de Jesús; y Jesús mismo predijeron este aspecto del ministerio del Mesías. Además, los autores de los evangelios a menudo utilizaban el lenguaje de los profetas del Antiguo Testamento para explicar lo que Jesús hacía. Así, la vida de Jesús se ve claramente en la tradición de estos profetas, incluida su compasión por los pobres y los oprimidos.
Sin embargo, los líderes religiosos, en un horrible ejemplo de injusticia y crueldad, arrestaron a Jesús, lo procesaron arbitrariamente y lo crucificaron. En Jesús, Dios sabe qué es la injusticia; en su muerte, expuso el horror del mal; pero, en su resurrección, triunfó a favor de la vida, la bondad y la salvación.
Comentarios Elena G.W
Cristo, el resplandor de la gloria del Padre, vino al mundo como su luz. Vino a representar a Dios ante los hombres, y de él está escrito que fue ungido “de Espíritu Santo y de potencia” y “anduvo haciendo bienes”. [Hechos 10:38] En la sinagoga de Nazaret dijo: “El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres: me ha enviado para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados: para predicar el año agradable del Señor”. [Lucas 4:18, 19]…
Esta es la obra que el profeta Isaías describe cuando dice: “¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes metas en casa; que cuando vieres al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu carne? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salud se dejará ver presto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia”. Isaías 58:7, 8.
Cristo vino para enseñar a los seres humanos lo que Dios quiere que sepan. Arriba en los cielos, abajo en la tierra, en las anchas aguas del océano, vemos la obra de la mano de Dios. Todas las cosas creadas atestiguan su poder, sabiduría y amor. No obstante, ni las estrellas ni el océano ni las cataratas nos enseñarán a conocer la personalidad de Dios tal como nos fue revelada en Cristo.
Dios vio que se necesitaba una revelación más clara que la naturaleza para retratar a lo vivo su personalidad y carácter. Mandó a su Hijo al mundo para que manifestara, en la medida en que la humana visión pudiera mirarlos, la naturaleza y los atributos del Dios invisible (Ministerio de curación,_ _p. 327).
Habiéndose humanado, Cristo vino al mundo para ser uno con la humanidad, y al mismo tiempo revelar a nuestro Padre celestial a los hombres pecadores. Aquel que había estado en la presencia del Padre desde el principio, Aquel que era la imagen expresa del Dios invisible, era el único capaz de revelar a la humanidad el carácter de la Deidad. En todo fue hecho Cristo semejante a sus hermanos. Fue hecho carne, como lo somos nosotros. Sintió el hambre, la sed y el cansancio. Fue reconfortado y sostenido por el alimento y el sueño. Compartió la suerte de los hombres; y no obstante fue el Hijo de Dios sin mancha. Fue extranjero y advenedizo en la tierra; estuvo en el mundo, mas no fue del mundo; tentado y probado como lo son hoy hombres y mujeres, llevó no obstante una vida libre de pecado. Tierno, compasivo, lleno de simpatía, considerado para con los demás, Cristo representó el carácter de Dios y se consagró siempre al servicio de Dios y del hombre (Ministerio de curación, p. 329).
DOMINGO, AGOSTO 11
El Cántico De María
Imagina la escena: María había recibido un mensaje del ángel Gabriel unos días antes, quien le había dicho que ella sería la madre de Jesús, el Hijo del Altísimo. Ella aún no se lo ha dicho a nadie y va a visitar a Elisabet, una pariente que es mayor que ella y que también está esperando un bebé milagroso. Con discernimiento espiritual, Elisabet reconoce la noticia de María antes de que esta tenga la oportunidad de decir algo, y juntas celebran las promesas y la bondad de Dios.
Lee Lucas 1:46 al 55. Observa la combinación de alabanzas entre lo que tiene significado para ella: “Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; santo es su nombre” (Luc. 1:49), y lo que es importante en general. ¿Por qué nuestra alabanza y adoración a Dios incluyen tanto el énfasis personal como el general?
Este es un cántico notable que bien podría encajar entre los salmos o los escritos de los profetas hebreos. María está llena de admiración y gratitud hacia Dios. Obviamente, ella había visto a Dios obrando en su vida, pero también es consciente de las implicaciones más grandes que este plan de Dios tiene para su nación y la raza humana.
Pero, según María, Dios no solo es poderoso y digno de alabanza, también es misericordioso y se preocupa especialmente por los humildes, los oprimidos y los pobres. Después de que el ángel le anunciara a María las buenas nuevas del nacimiento inminente, ella entonó lo siguiente: “Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos” (Luc. 1:52, 53).
Desde el mismo comienzo de la historia de la vida de Jesús en la Tierra, se lo presenta como gobernante (ver Luc. 1:43), pero de un tipo de reino diferente de los terrenales. Según lo describen muchos comentaristas, el Reino de Dios que Jesús vino a fundar y establecer era un “reino al revés” en comparación con el orden social habitual de los reinos de este mundo. En las descripciones que tenemos del Reino de Jesús, los más poderosos y ricos de este mundo son los más bajos en importancia; y los pobres y los oprimidos son liberados, “colmados” y exaltados.
Si la iglesia es una expresión del Reino de Dios, ¿cuán bien representa el “reino al revés” que describió María? ¿De qué forma se puede dar el ejemplo en esto, pero sin ser injustos con los ricos y los poderosos, que también recibieron el amor de Cristo?
Comentarios Elena G.W
[Con] dulce fe infantil… María, la virgen de Nazaret… cuya respuesta al asombroso anunció del ángel fue: “He aquí la sierva del Señor; hágase a mí conforme a tu palabra [Lucas 1:38].
El nacimiento del hijo de Zacarías, como el del hijo de Abraham y el de María, había de enseñar una gran verdad espiritual, una verdad que somos tardos en aprender y propensos a olvidar. Por nosotros mismos somos incapaces de hacer bien; pero lo que nosotros no podemos hacer será hecho por el poder de Dios en toda alma Sumisa y creyente. Fue mediante la fe como fue dado el hijo de la promesa. Es por la fe como se engendra la vida espiritual, y somos capacitados para hacer las obras de justicia (El Deseado de todas las gentes, p. 73).
El Señor desea que mencionemos su bondad y hablemos de su poder. Se le honra mediante la expresión de alabanza y agradecimiento. Él dice: “El que sacrifica alabanza me honrará”. [Salmo 50:23] Cuando los hijos de Israel viajaban por el desierto, alababan a Dios con himnos sagrados. Los mandamientos y las promesas de Dios fueron provistos de música y a lo largo de todo el sendero fueron cantados por los peregrinos. Y en Canaán, al participar de las fiestas sagradas, las maravillosas obras de Dios habían de ser repasadas, y se había de ofrecer el agradecimiento debido a su nombre. Dios deseaba que toda la vida de su pueblo fuera una vida de alabanza. En esa forma los caminos de Dios habían de ser conocidos “en la tierra”, y su salud “en todas las gentes”. [Salmo 67:2].
Así debería ser también hoy. Los habitantes del mundo adoran dioses falsos. Han de ser apartados de su falso culto, no porque oigan acusaciones contra sus ídolos, sino porque se les presente algo mejor. Han de ser pregonadas las bondades de Dios. “Sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios”. Isaías 43:12.
¿Recibiremos las mercedes del Señor, y nunca le expresaremos nuestra gratitud, nunca le alabaremos por lo que ha hecho por nosotros? No oramos demasiado, pero somos demasiado parsimoniosos en cuanto a dar las gracias. Si la bondad amante de Dios provocase más agradecimiento y alabanza, tendríamos más poder en la oración. Abundaríamos más y más en el amor de Dios, y él nos proporcionaría más dádivas por las cuales alabarle. Vosotros que os quejáis de que Dios no oye vuestras oraciones, cambiad el orden actual, y mezclad alabanzas con vuestras peticiones. Cuando consideréis su bondad y misericordia, hallaréis que él tiene en cuenta vuestras necesidades.
Orad, orad fervientemente y sin cesar, pero no os olvidéis de alabar a Dios. Incumbe a todo hijo de Dios vindicar su carácter. Podéis ensalzar a Jehová; podéis mostrar el poder de la gracia sostenedora… Pero el tema de la redención es un tema que los ángeles desean escudriñar; será la ciencia y el canto de los redimidos a través de las edades sin fin de la eternidad. ¿No es digno de reflexión y estudio cuidadoso ahora? ¿No alabaremos a Dios con corazón, alma y voz por sus “maravillas para con los hijos de los hombres”? Salmos 107:8 (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 297).
LUNES, AGOSTO 12
La Declaración De Misión De Jesús
No sabemos si era la lectura asignada para el día o si Jesús buscó intencionalmente estos versículos (Isa. 61:1, 2) en el rollo que se le dio para leer, pero no fue coincidencia que esos fueran el texto de su primer sermón público. Tampoco es coincidencia que la historia del breve sermón de Jesús en Lucas 4:16 al 21 inicie el registro de Lucas sobre el ministerio público de Jesús: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Luc. 4:21).
Pareciera que Jesús retomó la melodía del cántico de María de un “reino al revés” y comenzó a ponerlo en práctica en su ministerio. Jesús (y Lucas en su narración) utilizó la profecía de Isaías para explicar lo que él mismo estaba haciendo y haría, pero también era otra forma de expresar lo que María había descrito treinta años antes. El énfasis especial está puesto en los pobres, los que sufren y los oprimidos, que son los destinatarios de las buenas nuevas que Jesús traía.
Jesús adoptó estos versículos de Isaías 61 como su declaración de misión. Su misión y su ministerio debían ser espirituales y prácticos, y él demostraría que lo espiritual y lo práctico no están tan distantes entre sí como a veces suponemos. Para Jesús y sus discípulos, cuidar a la gente en el aspecto físico y práctico era, al menos, una parte de su preocupación por el estado espiritual.
Compara Lucas 4:16 al 21 con 7:18 al 23. ¿Por qué crees que Jesús respondió de esta manera? ¿De qué forma responderías a preguntas similares sobre la divinidad de Jesús y su condición como Mesías?
Cuando Jesús envió a los discípulos, la comisión que les dio también concordaba con esta misión. Si bien debían anunciar que “el reino de los cielos se ha acercado” (Mat. 10:7), las instrucciones adicionales de Jesús a sus discípulos fueron: “Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mat. 10:8). La misión de los discípulos, que realizaban en nombre de Jesús, era reflejar y promulgar los valores y los principios del ministerio de Jesús y su Reino, al que la gente era invitada. Los discípulos también se unieron a Jesús en su misión de exaltar a los últimos, los más pequeños y los perdidos.
¿Cómo equilibramos esta obra con el mensaje decisivo de predicar el mensaje de los tres ángeles a un mundo perdido? ¿Por qué todo lo que hacemos debe estar relacionado, de una manera u otra, con la proclamación de la “verdad presente”?
Comentarios Elena G.W
Mientras [los discípulos de Juan] estaban allí de pie, los… los aquejados de todas clases de enfermedades, algunos abriéndose paso por su cuenta, otros llevados por sus amigos, se agolpaban ávidamente en la presencia de Jesús. La voz del poderoso Médico penetraba en los oídos de los sordos. Una palabra, un toque de su mano, abría los ojos ciegos para que contemplasen la luz del día, las escenas de la naturaleza, los rostros de sus amigos y la faz del Libertador. Jesús reprendía a la enfermedad y desterraba la fiebre. Su voz alcanzaba los oídos de los moribundos, quienes se levantaban llenos de salud y vigor. Los endemoniados paralíticos obedecían su palabra, su locura los abandonaba, y le adoraban. Mientras sanaba sus enfermedades, enseñaba a la gente. Los pobres campesinos y trabajadores, a quienes rehuían los rabinos como inmundos, se reunían cerca de él, y él les hablaba palabras de vida eterna…
Los discípulos llevaron el mensaje, y bastó. Juan recordó la profecía concerniente al Mesías: “Me ungió Jehová; hame enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos abertura de la cárcel; a promulgar año de la buena voluntad de Jehová” [Isaías 61:1, 2]. Las palabras de Cristo no solo le declaraban el Mesías, sino que demostraban de qué manera había de establecerse su reino (El Deseado de todas las gentes, pp. 187, 188).
El pueblo de Dios ha de ser uno. No ha de haber separatismo dentro de su obra. Cristo envió a doce apóstoles, y más adelante a los setenta discípulos, para predicar el evangelio y sanar a los enfermos. “Y yendo dijo él, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia”. Mateo 10:7, 8. Y mientras salían a predicar el reino de Dios, les fue dado poder para sanar a los enfermos y echar fuera a los espíritus malignos. En la obra de Dios, la enseñanza y la sanidad nunca se han de separar. Su pueblo guardador de los mandamientos ha se ser uno. Satanás inventará toda clase de artificios para separar a los que Dios quiere que sean una cosa. Pero el Señor se revelará como un Dios de juicio. Estamos trabajando a la vista de un huésped celestial. Hay un Vigilante divino en nuestro medio, que escudriña todo plan que se traza y todo lo que se lleva a cabo (Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 177).
La proclamación del evangelio a todo el mundo es la obra que Dios ha encomendado a los que llevan su nombre. El evangelio es el único antídoto para el pecado y la miseria de la tierra. El dar a conocer a toda la humanidad el mensaje de la gracia de Dios es la primera tarea de los que conocen su poder curativo (Ministerio de curación, p. 100).
MARTES, AGOSTO 13
Jesús Sana
Los evangelios están salpicados de historias de los milagros de Jesús, especialmente los de curación. Como Isaías había profetizado, sanaba a los ciegos y liberaba a los que habían sido cautivos de la enfermedad, a veces después de muchos años de sufrimiento (ver, p, ej., Mar. 5:24-34; Juan 5:1-15). Pero él realizaba más que esto: hacía que los cojos volvieran a caminar; sanaba a los leprosos (no solo con palabras, sino tocándolos, aunque eran “impuros”); le hacía frente a los demonios que poseían la mente y el cuerpo de las personas; e incluso resucitaba a los muertos.
Cabría esperar que estos milagros hubieran tenido la intención de atraer a las multitudes y de demostrar sus poderes a tantos escépticos y críticos. Pero, no siempre fue así. A menudo, Jesús les indicaba a los sanados que no se lo contaran a nadie. Si bien parece que era poco probable que los recién sanados siguieran estas instrucciones y se guardaran esas noticias maravillosas, Jesús intentaba demostrar que sus milagros eran algo más importante que un espectáculo. El objetivo final, por supuesto, era que la gente llegara a ser salva en él.
Con todo, los milagros de curación de Jesús eran una expresión de su compasión. Por ejemplo, en el período previo a la alimentación de los cinco mil, Mateo narra: “Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos” (Mat. 14:14). Jesús sentía el dolor de quienes sufrían e hizo lo que pudo con la gente con la que entró en contacto, para ayudarla y animarla.
Lee la profecía de Isaías en Mateo 12:15 al 21. ¿De qué manera Isaías y Mateo identifican lo que Jesús hacía como algo más grande que sanar a unos pocos (o incluso a varios cientos) de enfermos?
“Cada milagro que Cristo realizaba era una señal de su divinidad. Él estaba haciendo la obra que había sido predicha acerca del Mesías; pero para los fariseos esas obras de misericordia eran una ofensa positiva. Los dirigentes judíos miraban con despiadada indiferencia el sufrimiento humano. En muchos casos su egoísmo y opresión habían causado la aflicción que Cristo aliviaba. Así que sus milagros les eran un reproche” (DTG 373).
Los milagros de curación de Jesús eran actos de compasión y justicia. Pero, en ningún caso eran un fin en sí mismos. En última instancia, todo lo que Cristo hizo fue con el propósito de conducir a la gente a la vida eterna (ver Juan 17:3).
Comentarios Elena G.W
El Salvador dedicó más tiempo y energías a la curación de los enfermos que a la predicación del evangelio. El último encargo que les dio a los apóstoles —sus representantes en la tierra— fue que impusieran las manos sobre los enfermos, para sanarlos. Y cuando el Maestro vuelva, recompensará a los que hayan visitado a los enfermos y aliviado las necesidades de los afligidos.
Nuestro Salvador experimentaba una tierna simpatía por los pobres y dolientes. Y si nosotros somos seguidores de Cristo debemos cultivar también la compasión y la simpatía. El amor por la humanidad doliente debe reemplazar a la indiferencia por la aflicción humana. La viuda, el huérfano, el enfermo y el moribundo, siempre necesitarán que se les ayude. Entre ellos existe una dorada oportunidad para proclamar el evangelio y para poner en alto el nombre de Jesús, la única esperanza y consolación del ser humano. Cuando la persona que sufre obtiene sanidad, y se ha demostrado un interés viviente por el alma afligida, entonces el corazón se abre y se puede derramar el bálsamo celestial sobre él. Si acudimos a Jesús y obtenemos de él conocimiento, fortaleza y gracia, podremos impartir su consuelo a los demás, porque el Consolador está con nosotros (Consejos sobre salud, p. 34).
Jesús, precioso Salvador, nunca parecía cansarse de las impertinencias de las almas enfermas de pecado y de los enfermos de toda suerte de dolencias. “Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos”. Marcos 6:34. Esto significa mucho para los dolientes. Él identificó sus intereses con los de ellos. Compartió sus cargas. Sintió sus temores. Tenía una anhelante compasión que era dolor para el corazón de Cristo (A fin de conocerle, p. 48).
Podéis elevaros hasta las alturas a las cuales os invitan las Santas Escrituras. La verdadera religión significa vivir la Palabra en vuestra vida práctica. Vuestra profesión no tiene ningún valor sin la aplicación práctica de la Palabra. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”. Esta es la condición para ser discípulo. “He aquí mi siervo, a quien he escogido; mi Amado, en quien se agrada mi alma; pondré mi Espíritu sobre él, y a los gentiles anunciará juicio. No contenderá, ni voceará, ni nadie oirá en las calles su voz. La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará, hasta que saque a victoria el juicio. Y su nombre esperarán los gentiles”…
MIÉRCOLES, AGOSTO 14
La Purificación Del Templo
Cuando leemos las historias de Jesús en los evangelios, a menudo nos sentimos atraídos por las imágenes afables de Jesús: se preocupaba por los enfermos y los niños, buscaba a los perdidos, y hablaba del Reino de Dios. Esta podría ser la razón por la que quizá nos sorprendan otras historias en las que lo vemos actuando con fuerza y sin rodeos, especialmente contra los líderes religiosos de su época y algunas de sus prácticas.
Lee Mateo 21:12 al 16; Marcos 11:15 al 19; Lucas 19:45 al 48; y Juan 2:13 al 17. ¿Cuál es la relevancia de que estas historias similares aparezcan en cada uno de los relatos de la vida de Jesús?
No es de extrañar que este incidente esté presente en todos los evangelios. Es una historia llena de drama, acción y pasión. Jesús obviamente estaba preocupado por esta forma de utilizar el Templo, y por el reemplazo de la adoración verdadera con la venta de animales de sacrificio. ¡Qué profanación de todo lo que representaban esos sacrificios, que era su muerte sustituta por los pecados del mundo!
Una intervención tan directa concuerda perfectamente con la tradición de los profetas hebreos. Los autores de los evangelios sugieren este aspecto en cada uno de sus relatos cuando citan a Isaías, a Jeremías o los Salmos para explicar lo que estaba sucediendo en esta historia. El pueblo reconocía que Jesús era un profeta (ver Mat. 21:11), y acudía a él mientras sanaba y enseñaba en el atrio del Templo después de haber expulsado a los mercaderes y los cambistas. Esta era la gente que encontró sanidad en su toque, y la esperanza crecía en su corazón mientras escuchaba sus enseñanzas.
Los dirigentes religiosos también reconocieron que Jesús era profeta (como alguien que era peligroso para su poder y la estabilidad de su orden social) y salieron a conspirar para asesinar a Jesús, del mismo modo en que sus antecesores habían conspirado contra los profetas en siglos anteriores (ver este contraste en Luc. 19:47, 48).
Como miembros de iglesia, ¿qué podemos hacer por nuestra parte para garantizar que nuestras iglesias locales nunca se conviertan en lugares que necesiten lo que el Templo precisaba en los días de Cristo? ¿De qué forma podemos evitar esos peligros espirituales? De hecho, ¿cuáles podrían ser algunos de ellos?
Comentarios Elena G.W
En ocasión de la Pascua, se ofrecía gran número de sacrificios, y las ventas realizadas en el templo eran muy cuantiosas… La confusión era tanta que perturbaba a los adoradores, y las palabras dirigidas al Altísimo quedaban ahogadas por el tumulto que invadía el templo. Los judíos eran excesivamente orgullosos de su piedad. Se regocijaban de su templo, y consideraban como blasfemia cualquier palabra pronunciada contra él; eran muy rigurosos en el cumplimiento de las ceremonias relacionadas con él; pero el amor al dinero había prevalecido sobre sus escrúpulos. Apenas se daban cuenta de cuán lejos se habían apartado del propósito original del servicio instituido por Dios mismo (El Deseado de todas las gentes, p. 129).
Al comenzar su ministerio, Cristo había echado del templo a los que lo contaminaban con su tráfico profano; y su porte severo y semejante al de Dios había infundido terror al corazón de los maquinadores traficantes. Al final de su misión, vino de nuevo al templo y lo halló tan profanado como antes. El estado de cosas era peor aún que entonces. El atrio exterior del templo parecía un amplio corral de ganado. Con los gritos de los animales y el ruido metálico de las monedas, se mezclaba el clamoreo de los airados altercados de los traficantes, y en medio de ellos se oían las voces de los hombres ocupados en los sagrados oficios. Los mismos dignatarios del templo se ocupaban en comprar y vender y en cambiar dinero. Estaban tan completamente dominados por su afán de lucrar, que a la vista de Dios no eran mejores que los ladrones (El Deseado de todas las gentes, p. 540).
Dios ama a su iglesia con un amor infinito. Nunca deja de velar sobre su heredad. Solo permite las aflicciones que su iglesia necesita para su purificación, para su bien presente y eterno. Purificará su iglesia así como purificó el templo en el principio y al fin de su ministerio terrenal. Todas las pruebas que inflige a la iglesia tienen por objeto dar a su pueblo una piedad más profunda y una fuerza mayor para hacer triunfar la cruz en todas partes del mundo. Él tiene una obra para cada uno (Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 184).
La humildad y la reverencia deben caracterizar el comportamiento de todos los que se allegan a la presencia de Dios. En el nombre de Jesús podemos acercarnos a él con confianza, pero no debemos hacerlo con la osadía de la presunción, como si el Señor estuviese al mismo nivel que nosotros. Algunos se dirigen al Dios grande, todopoderoso y santo, que habita en luz inaccesible, como si se dirigieran a un igual o a un inferior. Hay quienes se comportan en la casa de Dios como no se atreverían a hacerlo en la sala de audiencias de un soberano terrenal. Los tales debieran recordar que están ante la vista de Aquel a quien los serafines adoran, y ante quien los ángeles cubren su rostro. A Dios se le debe reverenciar grandemente; todo el que verdaderamente reconozca su presencia se inclinará humildemente ante él, y como Jacob cuando contempló la visión de Dios, exclamará: “¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo”. Génesis 28:17 (Patriarcas y profetas, p. 256).
JUEVES, AGOSTO 15
La Cruz De Cristo
Es reconfortante saber que Dios es un Dios que ve y escucha el clamor de los pobres y los oprimidos. Es asombroso que sea un Dios que, en Jesús, haya experimentado y soportado lo peor de la inhumanidad, la opresión y la injusticia de nuestro mundo. A pesar de toda la compasión y la bondad que Jesús demostró en su vida y su ministerio, su muerte fue el resultado del odio, los celos y la injusticia.
Desde las angustiosas oraciones de Jesús en el huerto del Getsemaní hasta su arresto, pasando por los “juicios”, las torturas, las burlas, la crucifixión y la muerte, él sufrió una dura prueba de dolor, crueldad, maldad y poder opresor. Todo esto se vio exacerbado por la inocencia, la pureza y la bondad de aquel que lo sufrió: “Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:7, 8). A través de la óptica de la historia de la salvación, vemos la belleza del sacrificio de Jesús por nosotros, pero no debemos olvidar la brutalidad del sufrimiento y la injusticia que experimentó.
Lee Isaías 53:3 al 6. ¿Qué nos dice esto acerca de lo que le sucedió a Jesús, el inocente que sufrió por los culpables? ¿De qué modo nos ayuda esto a entender lo que experimentó por nosotros?
En Jesús, Dios sabe lo que se siente ser víctima del mal y de la injusticia. La ejecución de un hombre inocente es una atrocidad; mucho más el asesinato de Dios. Dios se identificó tanto con nosotros en nuestra condición caída que no podemos dudar de su empatía, compasión y fidelidad: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15). ¡Qué revelación del carácter de nuestro Dios! ¿Cómo empezar siquiera a abarcar con nuestra mente las buenas nuevas de Dios que la Cruz representa?
En todo lo que hacemos por el Señor, especialmente para alcanzar a los necesitados, ¿por qué siempre debemos tener, en el centro de nuestra misión y propósito, la muerte de Jesús como nuestro sustituto, no solo para nosotros sino también para aquellos a quienes ayudamos?
Comentarios Elena G.W
Por medio del sufrimiento, Jesús se preparó para el ministerio de consolación. Fue afligido por toda angustia de la humanidad, y “en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”. [Isaías 63:9; Hebreos 2:18] Quien haya participado de esta comunión de sus padecimientos tiene el privilegio de participar también de su ministerio. “Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación”. El Señor tiene gracia especial para los que lloran, y hay en ella poder para enternecer los corazones y ganar a las almas. Su amor se abre paso en el alma herida y afligida, y se convierte en bálsamo curativo para cuantos lloran. El “Padre de misericordias y Dios de toda consolación… nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” 2 Corintios 1:3, 4.
Mira a Jesús, la Majestad del cielo. ¿Qué contemplas en la historia de su vida? Su divinidad revestida con la humanidad, toda una vida de continua humildad, la realización de un acto de condescendencia tras otro, una trayectoria de continuo descenso de las cortes celestiales a un mundo todo marchitado y malogrado con la maldición, un mundo indigno de su presencia, en el que descendió más y más, tomando la forma de un siervo, para ser despreciado y desechado de los hombres, obligado a huir de lugar en lugar para salvar su vida y, al fin, traicionado, rechazado, crucificado. Luego, como pecadores por quienes sufrió Jesús más de lo que los mortales pueden describir, ¿rehusaremos humillar nuestra orgullosa voluntad?
Estudia día y noche el carácter de Cristo. Su tierna compasión, su inexpresable e incomparable amor por las almas lo indujeron a soportar toda la vergüenza, las injurias, los maltratos, las incomprensiones de la tierra. Acércate más a él, contempla sus manos y pies, lastimados y heridos por nuestras transgresiones. El castigo de nuestra paz sobre él, y por su herida fuimos curados (A fin de conocerle, pp. 56, 57).
La revelación del amor de Dios está centrada en la cruz. No hay lengua capaz de expresar su significado pleno, ni pluma capaz de transcribirlo; la mente del hombre no puede comprenderlo. Mirando la cruz del Calvario, solo podemos decir: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Juan 3:16.
Cristo crucificado por nuestros pecados, Cristo resucitado de los muertos, Cristo ascendido a lo alto, es la ciencia de la salvación que hemos de aprender y enseñar.
“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Filipenses 2:6-8 (Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 302).
VIERNES, AGOSTO 16
Para Estudiar Y Meditar
Lee “En las pisadas del Maestro”, en El ministerio de la bondad, pp. 121-128; “Días de ministerio activo”, en El ministerio de curación, pp. 19-32; y “Cristo purifica de nuevo el templo” y “En el tribunal de Pilato”, en El Deseado de todas las gentes, pp. 540-670; 671-688.
“Dios ha dado evidencias contundentes en su Palabra de que castigará a los transgresores de su Ley. Los que se crean ilusiones de que él es demasiado misericordioso para ejecutar su justicia contra los pecadores, sólo tienen que mirar a la cruz del Calvario. La muerte del inmaculado Hijo de Dios testifica que ‘la paga del pecado es muerte’, que toda violación de la Ley de Dios debe recibir su justa retribución. Cristo, que era sin pecado, se hizo pecado por causa del hombre. Cargó con la culpabilidad de la transgresión y el ocultamiento del rostro de su Padre, hasta que su corazón fue destrozado y su vida aniquilada. Hizo todos esos sacrificios con el fin de que el pecador pudiese ser redimido. De ninguna otra manera podía liberarse el hombre de la penalidad del pecado. Y toda alma que rehúse llegar a ser participante de la expiación conseguida a tal precio debe cargar en su propia persona con la culpabilidad y el castigo por la transgresión” (CS 528, 529).
Preguntas para dialogar
1. Lean la declaración anterior de Elena de White. Conversen sobre la realidad de la injusticia: ¡Cristo, el inocente, sufrió el castigo de los culpables! ¿Por qué es tan importante tener siempre presente esta verdad fundamental?
2. Jesús nunca abogó por una reforma política para propiciar el tipo de “reino” al que se refería. Al fin y al cabo, la historia está llena de relatos muy tristes de gente que utilizó la violencia y la opresión para ayudar a los desamparados y los oprimidos. Muchas veces, lo único que se logró fue reemplazar una clase opresiva por otra. Si bien los cristianos podemos, y debemos, trabajar con los poderes existentes para tratar de ayudar a los oprimidos, ¿por qué siempre deben resistirse a usar la política para lograr estos fines?
3. Piensa en lo que implicaba el plan de salvación. Jesús, el justo, sufrió por los injustos (y esto nos incluye a cada uno de nosotros). ¿Por qué este gran sacrificio en favor de nosotros nos hace nuevas personas en Cristo?
Resumen: En los evangelios, el ministerio de Jesús se presenta y se explica en relación con la obra de los profetas del Antiguo Testamento. Las buenas nuevas para los pobres, la salud para los quebrantados de corazón y la libertad para los cautivos se proclamaron como indicadores del Mesías; y Jesús lo demostró en todo su ministerio. Con todo, con su muerte, él también sufrió la peor de las injusticias; finalmente, superó lo peor de la humanidad caída y lo inhumano que esta conlleva. Gracias a su muerte injusta en favor de nosotros, podemos obtener perdón, y tenemos la promesa de la vida eterna.
Comentarios Elena G.W
_Ministerio de curación, “Días de ministerio activo”, pp. 19-32 _

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