Lección 10 para el sabado 06 de septiembre (De Qué Modo Vivir El Evangelio)
SÁBADO, AGOSTO 31
De Qué Modo Vivir El Evangelio
Lee para el estudio de esta semana
Romanos 8:20-23; Juan 3:16, 17; Mateo 9:36; Efesios 2:8-10; 1 Juan 3:16, 17; Apocalipsis 14:6, 7.
Para memorizar
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efe. 2:8-10).
Desde el momento en que hablamos de los mandatos, normas o instrucciones de Dios, corremos el riesgo de pensar que de alguna manera lo que hacemos puede contribuir a nuestra salvación o granjearnos el favor de Dios. Pero la Biblia nos dice repetidamente que somos pecadores salvados por la gracia de Dios a través de Jesús y su muerte sustituta por nosotros en la cruz. ¿Cómo podríamos adicionarle algo a esto de alguna manera?
Así mismo, nuestras obras de misericordia y compasión hacia los necesitados no deberían considerarse legalistas. Al contrario, a medida que aumenta nuestra comprensión y aprecio por la salvación, el vínculo entre el amor de Dios y su preocupación por los pobres y oprimidos se transmitirá a nosotros. Lo que recibimos, lo damos. Cuando vemos cuánto nos amó Dios, también vemos cuánto ama a los demás y también nos llama a amarlos.
Comentarios Elena G.W
Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. El Señor en su providencia divina y mediante su favor inmerecido, ha ordenado que las buenas obras sean recompensadas. Somos aceptados únicamente mediante los méritos de Cristo; y los hechos de misericordia, las obras de caridad que hacemos, son los frutos de la fe y se convierten en una bendición para nosotros, pues los hombres serán recompensados de acuerdo con sus obras. La fragancia de los méritos de Cristo es lo que hace que nuestras buenas obras sean aceptables delante de Dios, y la gracia es la que nos capacita para hacer las buenas obras por las cuales él nos recompensa. Nuestras obras en sí mismas y por sí mismas no tienen mérito. Cuando hayamos hecho todo lo que podamos hacer, debemos considerarnos como siervos inútiles. No merecemos el agradecimiento de Dios, pues solo hemos hecho lo que era nuestro deber hacer, y nuestras obras no podrían haber sido hechas con la fortaleza de nuestra propia naturaleza pecaminosa.
El Señor nos ha ordenado que nos acerquemos a él, y él se acercará a nosotros; y acercándonos a él recibimos la gracia por la cual podremos hacer aquellas obras que serán recompensadas por sus manos (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 5, p. 1096).
Ojalá que os fuera posible concebir las abundantes provisiones de gracia y poder que aguardan que vosotros las pidáis.
En el don incomparable de su Hijo, ha rodeado Dios al mundo entero en una atmósfera de gracia tan real como el aire que circula en derredor del globo. Todos los que quisieren respirar esta atmósfera vivificante vivirán y crecerán hasta la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús.
Cristo … murió por nosotros. No nos trata conforme a nuestros méritos. Por más que nuestros pecados hayan merecido condenación, no nos condena. Año tras año ha soportado nuestra flaqueza e ignorancia, nuestra ingratitud y malignidad. A pesar de nuestros extravíos, de la dureza de nuestro corazón, de nuestro descuido de su Santa Palabra, nos alarga aún la mano.
Por medio de la gracia de Cristo podemos realizar todo lo que Dios requiere (The Faith I Live By, p. 94; parcialmente en La fe por la cual vivo, p. 96).
Una y otra vez se me ha instruido a exhortar a nuestro pueblo sobre su responsabilidad de obrar, y creer, y orar. La recepción de la verdad bíblica los guiará a una continua abnegación; porque la indulgencia nunca puede hallarse en una experiencia semejante a la de Cristo. Los hombres y las mujeres verdaderamente convertidos revelarán la cruz del Calvario en sus acciones diarias. Hay muchos adventistas del séptimo día que no comprenden que aceptar la causa de Cristo significa aceptar su cruz. La única evidencia que dan de su discipulado sus vidas es el nombre que llevan. Pero el verdadero cristiano considera su mayordomía como algo sagrado. Estudia perseverantemente la Palabra, y entrega su vida al servicio de Cristo…
Las “buenas obras” comenzarán a aparecer cuando la experiencia de arrepentimiento y conversión sea encarnada en la vida… Al mostrar que nuestro carácter ha sido cambiado por creer en la verdad damos a conocer a los demás el poder transformador de la gracia de Dios (Reflejemos a Cristo, p. 279).
DOMINGO, SEPTIEMBRE 01
De Tal Manera Amó Dios
Juan 3:16 dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo…”, y la palabra griega original es kósmos, que significa “el mundo como una entidad creada y organizada” (CBA 5:907). Este versículo trata de la salvación para la humanidad, pero el plan de salvación también tiene implicaciones para toda la creación.
Lee Romanos 8:20 al 23. ¿Qué nos enseña esto acerca de las cuestiones más amplias del plan de salvación?
Por supuesto, por un lado, la salvación tiene que ver con cada uno de nosotros en nuestra relación personal con el Señor. Pero hay más. La justificación en realidad no se trata solamente de conseguir que nuestros pecados sean perdonados. En principio, a través de Jesús y el poder del Espíritu Santo, el Señor también crea la familia de Dios, que celebra su perdón y la seguridad de la salvación, entre otras cosas, siendo testigos del mundo a través de sus buenas obras.
Lee Juan 3:16 y 17. ¿Cómo contribuye el versículo 17 a una comprensión más amplia del versículo 16?
Podemos aceptar que Dios ama a otras personas además de a nosotros. Él ama a los que nosotros amamos, y nos alegramos por eso. Él también ama a quienes les tendemos la mano, y al reconocer esta verdad muchas veces nos sentimos motivados para hacerlo. Pero él también ama a aquellos con quienes nos sentimos incómodos, o incluso a quienes tememos. Dios ama a todos, en todas partes, incluso a quienes no queremos precisamente.
La creación es una de las formas en que se demuestra esto. La Biblia señala constantemente al mundo que nos rodea como evidencia de la bondad de Dios: Él “hace salir su sol sobre malos y buenos”, y “hace llover sobre justos e injustos” (Mat. 5:45). Incluso la vida misma es un regalo de Dios e, independientemente de la respuesta o actitud hacia Dios, cada persona recibe ese don.
Esta verdad, ¿cómo debería cambiar nuestra actitud hacia los demás y sus circunstancias cuando reconocemos que son seres creados y amados por Dios?
Comentarios Elena G.W
Nosotros, que pretendemos creer la verdad, debiéramos revelar sus frutos en nuestras palabras y carácter. Debemos estar muy avanzados en el conocimiento de Jesucristo, en la recepción de su amor a Dios y a nuestros semejantes, a fin de tener la luz del cielo brillando en nuestra vida diaria. La verdad debe alcanzar hasta los lugares más recónditos del alma, y limpiar de ella todo lo que no sea semejante al espíritu de Cristo; y el vacío debe ser llenado por los atributos de su carácter, que es puro, y santo, y sin contaminación, para que todas las fuentes del corazón sean como flores, fragantes, con perfume, un olor suave, un sabor de vida para vida.
La verdad entronizada en el alma es la que lo convierte a uno en un hombre de Dios (Nuestra elevada vocación, p. 35).
Dios pide a cada miembro de iglesia que dedique su vida sin reservas al servicio del Señor. Pide que se lleve a cabo una reforma decidida. La creación entera gime bajo la maldición. El pueblo de Dios debiera colocarse en un lugar donde pueda crecer en gracia, y donde pueda ser santificado en cuerpo, alma y espíritu por la verdad. Cuando se aparten de las complacencias que destruyen la salud, obtendrán una percepción más clara de lo que constituye la verdadera piedad. Se observará un cambio admirable en la experiencia religiosa…
“Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contienda ni envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”. Romanos 13:11-14 (Consejos sobre la salud, p. 581).
Pocos comprenden debidamente cuán inicuo es abusar de los animales o dejarlos sufrir por negligencia. El que creó al hombre también creó a los animales inferiores, y extiende “sus misericordias sobre todas sus obras”. Salmos 145:9. Los animales fueron creados para servir al hombre, pero éste no tiene derecho a imponerles mal trato o exigencias crueles.
A causa del pecado del hombre, “la creación entera gime juntamente con nosotros, y a una está en dolores de parto hasta ahora”. Romanos 8:22 (VM). Así cayeron los sufrimientos y la muerte no solamente sobre la raza humana, sino también sobre los animales. Le incumbe pues al hombre tratar de aligerar, en vez de aumentar, el peso del padecimiento que su transgresión ha impuesto a los seres creados por Dios. El que abusa de los animales porque los tiene en su poder, es un cobarde y un tirano. La tendencia a causar dolor, ya sea a nuestros semejantes o a los animales irracionales, es satánica. Muchos creen que nunca será conocida su crueldad, porque las pobres bestias no la pueden revelar. Pero si los ojos de esos hombres pudiesen abrirse como se abrieron los de Balaam, verían a un ángel de Dios de pie como testigo, para testificar contra ellos en las cortes celestiales. Asciende al cielo un registro, y vendrá el día cuando el juicio se pronunciará contra los que abusan de los seres creados por Dios (Patriarcas y profetas, pp. 472, 473).
LUNES, SEPTIEMBRE 02
Compasión Y Arrepentimiento
Las historias entremezcladas de la salvación y del Gran Conflicto nos llaman a reconocer una verdad sobre la vida que es fundamental para nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos, y es que nosotros y nuestro mundo tenemos una condición caída y somos pecaminosos. Nuestro mundo no es hoy aquello para lo que fue creado, y aunque todavía tenemos la imagen del Dios que nos creó, somos parte de la transgresión del mundo. El pecado de nuestra vida tiene la misma naturaleza que el mal que causa tanto dolor, opresión y explotación en el mundo.
Por lo tanto, está bien que percibamos el dolor, el malestar y la tragedia del mundo y de las vidas que nos rodean. Tendríamos que ser robots para no sentir el sufrimiento de la vida aquí. Los lamentos del libro de los Salmos, las tristezas de Jeremías y los otros profetas, y las lágrimas y la compasión de Jesús demuestran lo apropiado de este tipo de respuesta al mundo y su maldad, y en particular a aquellos que a menudo se sienten afectados por ese mal.
Lee Mateo 9:36; Lucas 19:41 y 42; y Juan 11:35. ¿Qué pasó en cada uno de estos versículos que Jesús se conmovió de compasión? ¿Cómo podemos tener un corazón que se suavice con el dolor que nos rodea?
También debemos recordar que el pecado y el mal no solo están “allá afuera”, o no solo son consecuencia de la transgresión de los demás: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Juan 1:8). En la concepción de los profetas bíblicos, el pecado era una tragedia, no mayormente porque alguien había transgredido “las reglas”, sino porque el pecado había roto la relación entre Dios y su pueblo, y también porque nuestro pecado daña a los demás. Esto puede darse en pequeña o gran escala, pero es el mismo mal.
El egoísmo, la codicia, la mezquindad, el prejuicio, la ignorancia y el descuido son la raíz de todo el mal, la injusticia, la pobreza y la opresión del mundo. Y confesar nuestro pecado es un primer paso para resolver este mal, así como también un primer paso para permitir que el amor de Dios ocupe el lugar que le corresponde en nuestro corazón: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Mírate (pero no demasiado cerca ni por mucho tiempo). ¿En qué aspectos estás hecho pedazos y eres parte del problema mayor? ¿Cuál es la única respuesta y el único lugar para buscar ayuda?
Comentarios Elena G.W
Cuando Cristo vio las multitudes que se habían reunido alrededor de él, “tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. Cristo vio la enfermedad, la tristeza, la necesidad y degradación de las multitudes que se agolpaban a su paso. Le fueron presentadas las necesidades y desgracias de la humanidad de todo el mundo. En los encumbrados y los humildes, los más honrados y los más degradados, veía almas que anhelaban las mismas bendiciones que él había venido a traer; almas que necesitaban solamente un conocimiento de su gracia para llegar a ser súbditos de su reino (Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 257).
Justamente antes de su crucifixión, contempló la ciudad de Jerusalén y lloró sobre ella diciendo: “Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz!”. Lucas 19:42. Entonces hizo una pausa. Habían llegado a la cima del monte de las Olivas, y los discípulos, al contemplar Jerusalén, iban a estallar en exclamaciones de alabanza; pero vieron que su Maestro, en lugar de estar alegre, estaba angustiado y a punto de llorar.
Cristo se estaba acercando al final de su misión y él sabía que cuando llegara ese momento el tiempo de prueba de Jerusalén habría terminado. Pero le costaba pronunciar las palabras de condenación. Por tres años había buscado fruto sin encontrar nada. Durante ese lapso su alma tuvo un solo propósito: Presentar las solemnes amonestaciones y las misericordiosas invitaciones del cielo a su pueblo desagradecido y desobediente. Anhelaba ardientemente que el pueblo recibiera sus palabras (Cada día con Dios, p. 107).
Lázaro había sido muy querido, y sus hermanas le lloraban con corazones quebrantados, mientras que los que habían sido sus amigos mezclaban sus lágrimas con las de las hermanas enlutadas. A la vista de esta angustia humana, y por el hecho de que los amigos afligidos pudiesen llorar a sus muertos mientras el Salvador del mundo estaba al lado, “lloró Jesús”. Aunque era Hijo de Dios, había tomado sobre sí la naturaleza humana y le conmovía el pesar humano. Su corazón compasivo y tierno se conmueve siempre de simpatía hacia los dolientes. Llora con los que lloran y se regocija con los que se regocijan…
No lloró Cristo solo por la escena que tenía delante de sí. Descansaba sobre él el peso de la tristeza de los siglos. Vio los terribles efectos de la transgresión de la ley de Dios. Vio que en la historia del mundo, empezando con la muerte de Abel, había existido sin cesar el conflicto entre lo bueno y lo malo. Mirando a través de los años venideros, vio los sufrimientos y el pesar, las lágrimas y la muerte que habían de ser la suerte de los hombres. Su corazón fue traspasado por el dolor de la familia humana de todos los siglos y de todos los países. Los ayes de la raza pecaminosa pesaban sobre su alma, y la fuente de sus lágrimas estalló mientras anhelaba aliviar toda su angustia (El Deseado de todas las gentes, pp. 490, 491).
MARTES, SEPTIEMBRE 03
La Gracia Y Las Buenas Obras
Resume Efesios 2:8 al 10 con tus palabras. ¿Qué nos dicen estos versículos sobre la relación entre la gracia y las buenas obras?
La Biblia nos dice que, entre otras cosas, fuimos creados para adorar a Dios y para servir a los demás. Solo en nuestra imaginación podemos tratar de entender cómo serían estas obras en un entorno sin pecado.
Por ahora, debido al pecado, solo conocemos un mundo hecho pedazos y caído. Afortunadamente para nosotros, la gracia de Dios, expresada y revelada en el sacrificio de Jesús por los pecados del mundo, abre el camino para el perdón y la sanidad. Por lo tanto, incluso en medio de esta existencia profanada, nuestra vida llega a ser más plenamente hechura de Dios, y Dios nos usa para asociarnos con él para tratar de sanar y restaurar el daño y el sufrimiento en la vida de los demás (ver Efe. 2:10). “Los que reciben deben impartir a los demás. De todas partes nos llegan pedidos de auxilio. Dios invita a los hombres a que sirvan gozosos a sus semejantes” (MC 70).
Nuevamente, no hacemos buenas obras (cuidar a los pobres, animar a los oprimidos, alimentar a los hambrientos) para obtener salvación o reputación ante Dios. En Cristo, por fe, tenemos toda la reputación que necesitamos con Dios. En cambio, nos reconocemos pecadores y víctimas del pecado y sabemos que, a pesar de esto, Dios nos ama y nos redime. Si bien aún luchamos contra las tentaciones del egocentrismo y la codicia, la abnegada y humilde gracia de Dios nos ofrece un nuevo tipo de vida y de amor que nos cambiará la vida.
Cuando contemplamos la cruz, vemos el completo sacrificio hecho por nosotros y nos damos cuenta de que no podemos agregar nada a lo que este nos ofrece en Cristo. Pero esto no significa que no debemos hacer nada en respuesta a lo que se nos ha dado en Cristo. Al contrario, debemos responder, y ¿qué mejor manera de responder al amor recibido que mostrando amor por los demás?
Lee 1 Juan 3:16 y 17. ¿Cuán poderosamente captan estos versículos lo que debería ser nuestra respuesta a la Cruz?
Comentarios Elena G.W
No ganamos la salvación con nuestra obediencia; porque la salvación es el don gratuito de Dios, que se recibe por la fe. Pero la obediencia es el fruto de la fe… He aquí la verdadera prueba. Si moramos en Cristo, si el amor de Dios está en nosotros, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestros designios, nuestras acciones, estarán en armonía con la voluntad de Dios, según se expresa en los preceptos de su santa ley…
La así llamada fe en Cristo que, según se sostiene, exime a los hombres de la obligación de obedecer a Dios, no es fe, sino presunción. “Por gracia sois salvos, por medio de la fe”. Mas “la fe, si no tuviere obras, es de suyo muerta” [Efesios 2:8; Santiago 2:17]_ (El camino a Cristo, p. 61)_.
Poseer a Cristo es vuestra primera obra, y revelarlo como Aquel que puede salvar hasta lo sumo a todos los que se le allegan, es vuestra obra que le sigue en importancia. Servir al Señor de todo corazón es honrar y glorificar su nombre ocupándoos de cosas santas, teniendo la mente llena de las verdades vitales reveladas en su santa Palabra.
La bondad, la humildad, la mansedumbre y el amor son los atributos del carácter de Cristo. Si tenéis el espíritu de Cristo, vuestro carácter se modelará a semejanza del suyo (A fin de conocerle, p. 95).
Cuando atesoramos el amor de Cristo en el corazón, así como una dulce fragancia, no puede ocultarse. Su santa influencia será sentida por todos aquellos con quienes nos relacionemos. El espíritu de Cristo en el corazón es como un manantial en un desierto, que se derrama para refrescarlo todo, y despertar en los que ya están por perecer ansias de beber del agua de la vida.
El amor al Señor Jesús se manifestará por el deseo de trabajar como él trabajó, para beneficiar y elevar a la humanidad. Nos inspirará amor, ternura y simpatía por todas las criaturas que gozan del cuidado de nuestro Padre celestial (El camino a Cristo, pp. 77, 78).
Cristo había ordenado a los primeros discípulos que se amaran los unos a los otros como él los había amado. De ese modo debían dar testimonio ante el mundo de que Cristo, la esperanza de gloria, se había formado en ellos. “Un mandamiento nuevo os doy —había dicho—: Que os améis unos a otros” Juan 13:34. Cuando se pronunciaron estas palabras, los discípulos no las pudieron entender; pero después de presenciar los sufrimientos de Cristo, después de su crucifixión, resurrección y ascensión al cielo, y después que el Espíritu Santo descendió sobre ellos en el Pentecostés, tuvieron un concepto más claro del amor de Dios y de la naturaleza del amor que debían manifestar el uno por el otro…
Los creyentes habían de albergar siempre ese amor. Tenían que avanzar en obediencia voluntaria al nuevo mandamiento. Debían estar tan íntimamente unidos a Cristo, al punto de poder cumplir todos sus requerimientos. Sus vidas debían manifestar el poder de un Salvador que podía justificarlos por medio de su justicia (Reflejemos a Jesús, p. 309).
MIÉRCOLES, SEPTIEMBRE 04
Nuestra Humanidad Común
En su ministerio y sus enseñanzas, Jesús instó a una inclusión radical. A todos los que procuraban su atención con motivos honestos, ya fueran mujeres con mala reputación, recaudadores de impuestos, leprosos, samaritanos, centuriones romanos, líderes religiosos o niños, él los recibía con auténtica calidez y solicitud. Esto incluía el ofrecimiento del don de la salvación, tal como la iglesia primitiva lo descubriría de distintos modos transformadores.
Cuando los primeros creyentes reconocieron lentamente el carácter inclusivo del evangelio, no estaban simplemente añadiendo a su fe buenas obras por los demás como un “buen gesto”. Era fundamental para su comprensión del evangelio, tal como lo habían experimentado en la vida, el ministerio y la muerte de Jesús. Mientras enfrentaban los problemas y las cuestiones que surgían, primero individualmente para líderes como Pablo y Pedro (ver, p. ej., Hech. 10:9-20), y luego como cuerpo eclesiástico en el concilio de Jerusalén (ver Hech. 15), comenzaron a advertir el cambio dramático que estas buenas nuevas habían generado en su conocimiento del amor y la inclusión de Dios y en cómo ponerlo en práctica en la vida de quienes profesan seguirlo.
¿Qué nos enseña cada uno de los siguientes textos sobre nuestra humanidad común? ¿Cómo debería influir cada idea en nuestra actitud hacia los demás?
Malaquías 2:10
Hechos 17:26
Romanos 3:23
Gálatas 3:28
Gálatas 3:28 es un resumen teológico de la historia práctica que Jesús contó sobre el buen samaritano. En lugar de discutir sobre a quién estamos obligados a servir, simplemente vayamos y sirvamos, y quizá incluso debemos estar preparados para que nos sirvan quienes tal vez no esperamos. El elemento común de la familia humana mundial se concreta en un nivel más elevado en la familia común de quienes están unidos por el evangelio, por el amor salvífico de Dios que nos llama a la unidad en Él: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Cor. 12:13).
Comentarios Elena G.W
Con frecuencia los israelitas parecían no poder o no querer comprender el propósito de Dios en favor de los paganos. Sin embargo, este propósito era lo que había hecho de ellos un pueblo separado, y los había establecido como nación independiente entre los pueblos de la tierra. Abraham, su padre, a quien se diera por primera vez la promesa del pacto, había sido llamado a salir de su parentela hacia regiones lejanas, para que pudiese comunicar la luz a los paganos…
Las condiciones de este pacto que abarcaba a todos eran familiares para los hijos de Abraham y para los hijos de sus hijos. A fin de que los israelitas pudiesen ser una bendición para las naciones, y para que el nombre de Dios se conociese “en toda la tierra” (Éxodo 9:16), fueron librados de la servidumbre egipcia. Si obedecían a sus requerimientos, se verían colocados muy a la vanguardia de los otros pueblos en cuanto a sabiduría y entendimiento; pero esta supremacía se alcanzaría y se conservaría tan solo para que por su medio se cumpliese el propósito de Dios para “todas las gentes de la tierra” (Profetas y reyes, pp. 272, 273).
Cristo trataba de enseñar a sus discípulos la verdad de que en el reino de Dios no hay fronteras nacionales, ni castas, ni aristocracia; que ellos debían ir a todas las naciones, llevándoles el mensaje del amor del Salvador. Pero solo más tarde comprendieron ellos en toda su plenitud que Dios “de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los términos de la habitación de ellos; para que buscasen a Dios, si en alguna manera, palpando, le hallen; aunque cierto no está lejos de cada uno de nosotros”. Hechos 17:26, 27…
A fin de realizar con éxito la obra a la cual habían sido llamados, estos hombres, de diferentes características naturales y hábitos de vida, necesitaban unirse en sentimiento, pensamiento y acción. Cristo se propuso conseguir esta unidad. Con ese fin trató de unirlos con él mismo_ _(Los hechos de los apóstoles, p. 17).
Los maestros judíos se exaltaban a sí mismos como justos; llamaban malditos a todos los que eran diferentes a ellos, y les cerraban las puertas del reino de los cielos, declarando que no eran justos los que no habían aprendido en sus escuelas. Pero con todas sus críticas y exigencias, con todas sus formas y ceremonias, eran una ofensa para Dios. Rebajaban y despreciaban precisamente a los que eran preciosos a la vista del Señor…
El bautismo del Espíritu Santo despejará las suposiciones humanas, derribará barreras erigidas por nosotros mismos, y hará que cese el sentimiento de que “yo soy más santo que tú”. Demostrará un espíritu humilde con todos, más fe y amor; el yo no será enaltecido… El espíritu de Cristo, el ejemplo de Cristo, será ejemplificado en su pueblo. Seguiremos más de cerca las maneras y los caminos de Jesús… El amor de Jesús inundará nuestros corazones (That I May Know Him, p. 114; parcialmente en A fin de conocerle, pp. 114, 115).
JUEVES, SEPTIEMBRE 05
El Evangelio Eterno
La invitación evangélica y el llamado transformador “a toda nación, tribu, lengua y pueblo” (Apoc. 14:6) se han mantenido a lo largo de toda la historia cristiana. Sin embargo, Apocalipsis describe una proclamación renovada de este mensaje en el tiempo del fin: las buenas nuevas sobre Jesús y todo lo que eso conlleva.
Lee Apocalipsis 14:6 y 7. ¿De qué manera la visión común del evangelio, que se resume más comúnmente en Juan 3:16, está incluida en el mensaje específico del ángel en el versículo 7?
Apocalipsis 14:7 reúne tres elementos clave que ya hemos señalado en este estudio de la preocupación de Dios por el mal, la pobreza y la opresión a lo largo de la historia bíblica:
Juicio. El llamado a juicio (para que se haga justicia) ha sido un llamado repetido por quienes han sido oprimidos a lo largo de la historia. Afortunadamente, la Biblia presenta a Dios como el que escucha el clamor de los que están en peligro. Como se expresa a menudo en los Salmos, por ejemplo, aquellos que son tratados injustamente consideran que el juicio es una buena noticia.
Adoración. Los escritos de los profetas hebreos a menudo vinculan los temas de la adoración y las buenas obras, especialmente cuando se compara la adoración de quienes afirmaban ser el pueblo de Dios con los errores que cometieron y perpetuaron. En Isaías 58, por ejemplo, Dios declaró explícitamente que la adoración que él más deseaba era actos de bondad y el cuidado de los pobres y necesitados (ver Isa. 58:6, 7).
Creación. Como hemos visto, uno de los elementos fundamentales del llamado de Dios a la justicia es la familia común de la humanidad, que todos somos creados a su imagen y amados por él, que todos tenemos valor ante sus ojos y que nadie debe ser explotado ni oprimido por la ganancia injusta ni la codicia de los demás. Resulta claro que esta proclamación del evangelio de los últimos tiempos es una exhortación amplia y profunda a aceptar el rescate, la redención y la restauración que Dios quiere para la humanidad caída. Por lo tanto, incluso en medio de las cuestiones relacionadas con la adoración verdadera y falsa y la persecución (ver Apoc. 14:8-12), Dios tendrá un pueblo que defenderá lo que es justo, los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, incluso en medio del peor de los males.
¿Cómo encontrar formas de servir a los necesitados y, al mismo tiempo, compartir con ellos la esperanza y la advertencia que se encuentran en el mensaje de los tres ángeles?
Comentarios Elena G.W
Dios tiene joyas en todas las iglesias, y no nos corresponde lanzar arrolladoras acusaciones contra el llamado mundo religioso, sino presentar a todos con humildad y amor, la verdad tal como es en Jesús. Que los hombres vean piedad y consagración; que contemplen un carácter semejante a Cristo, y serán atraídos a la verdad. El que ama a Dios por encima de todas las cosas, y a su prójimo como a sí mismo, será una luz en el mundo. Los que tienen un conocimiento de la verdad deben compartirla. Deben ensalzar a Jesús, el Redentor del mundo; deben expresar la palabra de vida (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 5, p. 1205).
Oro para que mis hermanos comprendan que el mensaje del tercer ángel significa mucho para nosotros, y que la observancia del verdadero día de reposo será la señal que diferenciará a los que sirven a Dios de los que no lo sirven. Despiértense los que se han sumido en la somnolencia y la indiferencia. Se nos llama a ser santos, y deberíamos tener cuidado de no dar la impresión de que importa poco si conservamos o no las características peculiares de nuestra fe. Sobre nosotros descansa la solemne obligación de asumir una actitud más decidida con respecto a la verdad y la justicia de la que hemos asumido en lo pasado_. _
La línea de demarcación entre los que guardan los mandamientos de Dios y los que no lo hacen se manifestará con claridad inconfundible. Debemos honrar conscientemente a Dios, y usar con diligencia todos los medios posibles para mantener con él una relación que esté de acuerdo con su pacto, para que podamos recibir sus bendiciones tan esenciales para el pueblo que va a pasar por una prueba tan severa. Dar la impresión de que nuestra fe, nuestra religión, no es un poder dominante en nuestras vidas, equivale a deshonrar a Dios en gran manera_ _(Cada día con Dios, p. 194).
Dios ha llamado a su iglesia en este tiempo, como llamó al antiguo Israel, para que se destaque como luz en la tierra. Por la poderosa cuña de la verdad —los mensajes de los ángeles primero, segundo y tercero—, la ha separado de las iglesias y del mundo para colocarla en sagrada proximidad a sí mismo. La ha hecho depositaria de su ley, y le ha confiado las grandes verdades de la profecía para este tiempo… Los tres ángeles de (Apocalipsis 14) representan a aquellos que aceptan la luz de los mensajes de Dios, y salen como agentes suyos para pregonar las amonestaciones por toda la anchura y longitud de la tierra… El amor que Jesús manifestó por las almas de los hombres en el sacrificio que hizo por su redención, impulsará a todos los que le sigan (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 431).
VIERNES, SEPTIEMBRE 06
Para Estudiar Y Meditar
Lee “Dios con nosotros”, en El Deseado de todas las gentes, pp. 11-18; y “Salvados para servir”, en El ministerio de curación, pp. 64-74.
“Dios reclama toda la Tierra como su viña. Aunque ahora esté en manos del usurpador, pertenece a Dios. Es suya tanto por redención como por creación. Cristo hizo su sacrificio por el mundo: ‘De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito’ (Juan 3:16). Es mediante este don único que se imparten todos los demás dones a los hombres. Diariamente el mundo entero recibe las bendiciones de Dios. Cada gota de lluvia y cada rayo de luz prodigados sobre nuestra raza ingrata, cada hoja, flor y fruto, testifican de la longanimidad y el gran amor de Dios” (PVGM 243).
“Cualquiera sea la diferencia en creencia religiosa, el llamado de la humanidad doliente debe ser oído y respondido. […]
“En nuestro derredor hay pobres almas probadas que necesitan palabras de simpatía y acciones serviciales. Hay viudas que necesitan simpatía y asistencia. Hay huérfanos a quienes Cristo ha encargado a sus servidores que los reciban como una custodia de Dios. Demasiado a menudo se los pasa por alto con negligencia. Pueden ser andrajosos, toscos y aparentemente sin atractivo alguno; pero son propiedad de Dios. Han sido comprados con precio, y a su vista son tan preciosos como nosotros. Son miembros de la gran familia de Dios, y los cristianos, como mayordomos suyos, son responsables por ellos” (PVGM 318, 319).
Preguntas para dialogar
1. Al procurar hacer buenas obras y ayudar a los demás, ¿cómo podemos resistir la tentación de pensar que esto de alguna manera nos hace mejores y nos aporta méritos que Dios debería reconocer?
2. Tu iglesia, ¿es una comunidad en la que “no hay diferencia” (Rom. 10:12), donde todos son uno en Cristo? ¿Cuán inclusiva es tu iglesia? ¿Cómo podría mejorar en ese sentido?
3. ¿Cómo podemos encontrar el equilibrio adecuado para hacer el bien a los necesitados, por la única razón de que ellos lo necesitan y nosotros podemos ayudarlos, mientras que al mismo tiempo nos acercamos a ellos con las verdades del evangelio? ¿Cómo podemos aprender a hacer ambas cosas y por qué siempre es mejor hacer ambas cosas?
Resumen: El amor de Dios, según se expresa en el plan de salvación y se revela en la vida y el sacrificio de Jesús, nos ofrece perdón, vida y esperanza. Como receptores de esta gracia, buscamos compartir esto con los demás, no para obtener la salvación, sino porque para ello hemos sido creados y recreados. Como tal, el evangelio transforma las relaciones y nos impulsa a servir, especialmente a los más necesitados.
Comentarios Elena G.W
El Deseado de todas las gentes, “Dios con nosotros”, pp. 11-18.
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